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El rastro ruso en América Latina  →  Escultor Erzia: vida y destino

 
20.11.2011, 15:52
Escultor Erzia: vida y destino
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El eximio escultor ruso del siglo XX Stephan Nefedov es conocido en el mundo como Erzia. El escultor se puso ese seudónimo porque es el nombre de un grupo étnico del pueblo mordvino al que pertenecía. Desde hace mucho tiempo los paisanos del escultor habitan en las regiones centrales de la margen occidental del río Volga.

Erzia nunca se olvidó de sus raíces, pero se consideraba representante de la cultura rusa. Lo interesante del caso es que este hijo de campesinos de la remota aldea Erzia, nada más acabar sus estudios de arte en Moscú, conquistó con su arte primero a los italianos y después a los parisinos. Su escultura de mármol “La última noche ante la ejecución” fue reconocida como una de las mejores obras en la Exposición Mundial de las Artes de Venecia en 1909. Había presentado la imagen trágica y llena de valentía de un luchador. 

Tras el éxito obtenido en Venecia, Erzia participa en exposiciones en Milán, Roma, Niza, París. Las creaciones del maestro de Rusia ponen de manifiesto una aspiración humanística. Con una fuerza emocional sorprendente logra encarnar la imagen de El Salvador en dos esculturas. Erzia empezó a ser llamado “el Rodin ruso”. Le ofendía semejante comparación halagüeña: él posee su propia senda en el arte. El estilo artístico del escultor, formado en el linde de los siglos XIX y XX, se distingue por su inspiración poética y originalidad. Era portador de la tradición clásica, del sello del arte popular y de elementos modernistas. 

Después de permanecer 8 años en Italia y Francia el escultor regresa a Rusia con reputación europea. Con gran expectativa acogió la Revolución Socialista de Octubre de 1917 y con entusiasmo se incorporó a la materialización de los planes de propaganda monumental que preconizaban las nuevas autoridades. Erzia viaja por el país. En los Urales y en el Cáucaso crea decenas de esculturas, pero algunas de ellas fueron destruidas por disposición de los funcionarios de la cultura. Esa misma suerte corrió una legendaria creación suya: la escultura de mármol de seis metros “El hombre liberado” también conocida con el nombre de “El trabajo liberado”. El autor procuraba encarnar en esa imagen al “nuevo David”, al “hombre-coloso” de la nueva época. El gigante de mármol fue colocado en la plaza central de Ekaterimburgo en 1920, donde permaneció poco tiempo. Cinco días después fue retirado porque se consideraba inadmisible que la figura de “El hombre liberado” esté desnuda, aunque muchos años después cayeron en cuenta que la escultura era digna del Hermitage.

Pero ya era tarde. De la escultura sólo quedaron fotografías. En una de sus cartas Erzia recordaba los tiempos de las conmociones revolucionarias en Rusia: “Había quienes destruían por el simple hecho de destruir… Pero también había personas de alta cultura, por ejemplo Lunacharski”. Con el consentimiento del Comisario del Pueblo para la Educación, Anatoli Lunacharski, en 1926 el escultor viaja en comisión de servicio a París para organizar una exposición personal. 

Erzia se demora en París medio año, dado que tras su exposición personal fue invitado a participar en la exposición “El mundo del arte”. Animado por el éxito y por los buenos honorarios decide probar suerte al otro lado del océano. El cónsul soviético en Francia le ayuda a trasladar sus esculturas el puerto de Le Havre, de donde Erzia zarpa rumbo a la Argentina. En aquel entonces Moscú no tenía relaciones diplomáticas con ese país. El visado de entrada lo recibe por disposición del propio presidente argentino Marcelo Torcuato de Alvear. El jefe de Estado recordaba al escultor de Rusia, a quien conoció cuando era embajador en Francia. El mandatario admiraba las obras de Erzia presentadas en la exposición de París. En su primera carta enviada de Argentina a Moscú a Anatoli Lunacharski, el escultor le cuenta: “En Buenos Aires fui muy bien recibido. Aquí existe un gran interés por el arte ruso. Estoy organizando una exposición que se abrirá a principios de junio. Para la muestra me propusieron un lugar muy bueno y además gratis. El presidente de la república aceptó la invitación de asistir a la ceremonia de apertura”. 

En Argentina antes no se celebraban exposiciones escultóricas personales. La exposición de obras de Erzia en Buenos Aires en junio de 1927 devino un nuevo fenómeno en la vida cultural del país. Erzia expuso 27 obras de mármol y madera hechas aún en Rusia. En la muestra junto a las figuras de cuerpo entero de los obreros revolucionarios con rostros severos se exponían tiernas imágenes femeninas plasmadas en la escultura. La exposición fue acogida con gran admiración por la prensa. Fue así que surgió la leyenda de un extraordinario maestro, que en su infancia fue pastor (el hombre de la vaca), y que ahora deleita con su arte a la gente de los más diversos países. Esto despertaba una simpatía muy especial hacia el escultor. 

Erzia descubrió en Argentina un material nuevo con cualidades excepcionales para plasmar esculturas. Se trata de la madera del quebracho, árbol que crece en selva sudamericana. Su madera dura como la piedra es más sólida que el ébano y se distingue por su color natural que varía del dorado al pardo oscuro con matiz rojizo. Para trabajar el quebracho el escultor utiliza una fresa especial. Erzia con frecuencia aprovechaba la textura natural de la madera, viendo en los troncos y ramas con sus caprichosos lobanillos las imágenes para sus futuras creaciones. Las esculturas de quebracho asombraban por su expresividad. Ya en 1928 y en 1929 las exhibe en exposiciones de Buenos Aires. Sus obras fueron vistas por el nuevo presidente argentino Hipólito Yrigoyen, quien dijo que quisiera tener su propio busto hecho con esa madera. Erzia aceptó la propuesta e Yrigoyen le posó en su residencia. La escultura fue colocada en la Sala de Recepción. Pero el golpe militar de 1930 derrocó al presidente reformador y su busto fue quemado. 

El golpe militar no incidió en el destino de Erzia. Nadie tocó al escultor. Él mismo pensaba quedarse en la Argentina no mucho tiempo. Pero la atmósfera pesada para el escultor que reinaba en la patria lo hacía vacilar en cuando a su regreso a Rusia. Las noticias procedentes de la patria eran desconsoladoras. Por si fuera poco, el influyente protector de Erzia, Anatoli Lunacharski, en 1929 había sido desplazado del cargo de Comisario del Pueblo para la Educación y trasladado a un puesto más bajo. Erzia no estaba seguro de que su vida artística en la Rusia Soviética sería apacible, mientras que en la Argentina nadie le imposibilita crear y además le tienen alta estima. Había otro importante motivo que retenía su regreso a la patria: estaba enamorado del quebracho que crece únicamente en América del Sur. Así las cosas, la estadía de Erzia en la Argentina se dilató por espacio de 23 años. 

Las esculturas de quebracho abrieron un nuevo e impresionante capítulo en la biografía artística del maestro ruso y dejaron un rastro brillante en el arte de la Argentina. Tres veces viajó al interior de la Argentina y con sus propios ojos vio los bosques de quebracho del Chaco. A pesar de la edad no temía viajar en lancha ni montar a caballo. Estos largos viajes tenían un gran significado para él, porque le permitían conocer mejor la Argentina, el modo de vida de su pueblo. Los bosquejos hechos durante los viajes sentaron la base de las nuevas obras escultóricas: “Un argentino”, “Una argentina”, “Mujer del Chaco”, “Un indígena”, “Una indígena”. Erzia también crea el retrato escultórico del presidente argentino del siglo 19 Bartolomé Mitre. A Erzia solían llamarle “el mago del quebracho”. Ningún escultor antes había trabajado con esta madera. 

El maestro no experimentaba la menor falta de atención a su creación. Todos los años sus obras se exponían en prestigiosos salones de arte y eran distinguidas con premios. En su propio taller Erzia abre una exposición permanente de obras suyas. A ese período pertenecen sus creaciones en las que se remite al tema de la concepción filosófica de la vida. Están dedicadas a grandes personajes del mundo y a figuras bíblicas: León Tolstoi, Beethoven, Miguel Ángel, Sócrates, Moisés, Jesucristo. Al mismo tiempo, Erzia sigue creando retratos femeninos enternecedores: “La madre y el niño”, “Mujer desnuda”. Su taller es visitado no sólo por argentinos, sino también por turistas de Europa y América del Norte.

Las creaciones del maestro son adquiridas por acaudalados coleccionistas y diplomáticos europeos acreditados en países sudamericanos. Conforme al acuerdo alcanzado con el embajador británico una serie de obras del escultor son enviadas a Londres a una exposición en la Real Academia de las Artes. Pero por ningún dinero se separa de sus obras predilectas: las guarda para Rusia. La nostalgia y el recuerdo de los familiares y amigos se vieron reflejados en sus esculturas “Retrato de mamá”, “Mi padre”, “Mi hermana”, “Mujer rusa”, “Tristeza”, “Amargura”. 

En 1946 la Unión Soviética y la Argentina establecen relaciones diplomáticas. El embajador Mijaíl Serguéiev procedente de Moscú era un refinado conocedor del arte. Poco después de arribar con su esposa visita al escultor en su taller. “Lo que hemos visto rebasó todas nuestras expectativas y es inolvidable –recordaba el diplomático. Estábamos fascinados por la originalidad de esas obras”. Erzia manifestó al embajador soviético su recóndito deseo de regresar a la patria con todas sus esculturas. Mijaíl Serguéiev envió un extenso telegrama a Moscú. El diplomático demuestra la importancia del retorno de Erzia a la URSS. De no ser así el país perderá a un gran escultor y sus obras maestras. 

Los rumores de que Erzia piensa regresar a la patria se difundieron por Buenos Aires. Los diarios publicaron al respecto numerosos artículos expresando el pesar por la resolución tomada por el maestro. En las páginas de “El Independiente” el periodista exclama emocionado: “¡Los bosques de quebracho del Chaco se quedarán huérfanos sin su héroe!” También aparecen artículos en los que sus autores intentaban convencer a Erzia para que renuncie a su propósito de regresar a la patria, que sufría las dificultades posbélicas. En aquel entonces un emisario de EEUU llegó a la capital argentina con la intención de adquirir todas las esculturas de Erzia para el Museo de Arte Moderno de Nueva York por 3 millones de dólares – una suma colosal para aquellos tiempos. Erzia se negó rotundamente diciendo “me las llevo a Rusia”. No obstante, la toma de la resolución oficial sobre el regreso del escultor a la patria requirió largo tiempo. 

Tal sólo en 1950 Erzia regresa a Moscú trayendo consigo más de 250 obras de madera, mármol, bronce, yeso y numerosas piezas brutas de quebracho para las futuras obras. Según datos difundidos por la Fundación Internacional Erzia, en la Argentina quedaron unos 150 retratos esculturales hechos por el maestro. No pocas obras quedaron dispersadas por otros países. Hasta los últimos días de su vida Erzia consideró a la Argentina como su segunda patria. Solía decir: “Soy un buen ruso y un buen argentino. Amo ese país que me acogió cordialmente y me dio el material más estupendo para mi trabajo”. 

A su regreso a Moscú a la edad de 74 años el escultor dijo que volvió a la patria no para morir, sino para seguir creando. Y crea nuevas obras maravillosas. Pero la actitud hacia Erzia no es unívoca. Algunas “estrellas” de las artes plásticas, que preconizaban el “realismo socialista”, que ocupaban altos puestos en organizaciones soviéticas de arte, evidenciaban una actitud hostil hacia el maestro. Esas personas comprendían que Erzia era para ellos un serio rival. Y ellos fueron precisamente quienes entorpecían la aprobación de la resolución sobre el regreso del escultor a la patria, y ahora acusaban al maestro de “burguesismo” en su arte. Pero Erzia también tenía defensores entre los escultores, pintores y escritores soviéticos que admiraban sus creaciones. Y si bien la gente en la URSS era educada en el espíritu de otros valores artísticos, sobraban los admiradores de la obra del escultor. Para entrar en el taller de Erzia, en el que había organizado una exposición permanente de obras suyas, la gente debía hacer largas colas. También largas fueron las colas en su exposición personal presentada en Moscú en 1954. Inesperadamente para muchos el gobierno galardonó al escultor con la Orden en la Bandera Roja del Trabajo con ocasión de su 80 cumpleaños. 

Tras su regreso de la Argentina Erzia vivió 10 años en la patria. Dejó de existir a los 83 años. Su corazón dejó de latir cuando estaba trabajando en el taller en una nueva obra. Erzia legó todas sus obras al Estado. Sus poseedores son el Museo Ruso de San Petersburgo y la Galería Tretiakov de Moscú. Pero la mayor parte de su patrimonio artístico se encuentra en su patria chica – en el Museo de Artes Plásticas de la ciudad de Saransk. El destacado maestro ruso en esculturas en madera Mijaíl Iliáiev, quien escogió su camino en el arte bajo la influencia de las creaciones del gran escultor, recuerda su primera visita al museo de la siguiente manera: 

Quedé fascinado con el sagrado arte de Erzia. Cuatros días seguidos visité la exposición, olvidándome del tiempo y de mí mismo. Parecía que todo esto no fue hecho por la mano del hombre, sino por los dioses celestiales. Procuraba comprender cómo el hombre pudo haber creado semejante belleza. Soy feliz de que en su tiempo los familiares de Erzia me entregaron los instrumentos de trabajo con los que Erzia creaba.

 
 

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