17 febrero 2013, 13:33

La moscovita Natalia Tsarkova es la retratista oficial de los Papas

Папа Римский Бенедикт XVI ватикан

En Roma, a dos pasos del Vaticano, se instaló la moscovita Natalia Tsarkova, poseedora del título honorífico de Retratista Oficial del los Papas

En Roma, a dos pasos del Vaticano, se instaló la moscovita Natalia Tsarkova, poseedora del título honorífico de Retratista Oficial del los Papas.

Ella trabajó con Juan Pablo II y con Benedicto XVI, quien acaba de renunciar al trono.

Egresada de la Academia Nacional de Pintura, Escultura y Arquitectura de Rusia, viajó a Italia para perfeccionar su maestría y poco tiempo después llegó a ser retratista de nivel internacional, cumpliendo encargos de las Casas Reales de Europa y de aristócratas, de destacados hombre de Estado y cardenales. Y un buen día el Vaticano fijó su atención en Natalia.

Entrevistada por La Voz de Rusia, Natalia se refirió a su encuentro con el Papa Juan Pablo II.

Desde luego que intervino la divina providencia. Llegué a Italia con una exposición para tres meses y Roma hizo todo lo posible para que me quedase allí. Empecé a trabajar con la aristocracia. Para ese entonces el Papa no tenía su propio retrato oficial, si bien ya llevaba 22 años en la Santa Sede. Me hicieron el encargo, pinté el retrato, que superó todas las expectativas y fue confirmado como oficial.

Fui educada en el ejemplo de Rafael, Miguel Ángel, Bernini, cuyas obras maestras me sirvieron desde la infancia como ejemplo inspirador. Ellos cobraron fama mundial precisamente por trabajar para los Papas. Continuar la tradición de estos grandes maestros es un gran honor y una gran responsabilidad. Días atrás en Roma y después en Washington se organizó una exposición en la que se exhibieron retratos de los Pontífices de los últimos 500 años: desde el Papa Julio II, obra de Rafael, hasta pinturas de Velázquez, Bernini, y asimismo dos retratos míos – Juan Pablo I y Juan Pablo II. En la exposición era la única pintora con vida. Estos dos retratos míos se merecieron el honor de figurar entre los cinco mejores objetos de la exposición.

—¿No le inquietaba al Vaticano el hecho de que Ud. es ortodoxa?

En absoluto. Lo principal que nos une en la fe en Cristo. Y entre nosotros, en realidad, hay menos diferencias de lo que puedan parecer. Siento que me necesitan mucho, me valoran y yo tengo una actitud respetuosa con mi creación.

—¿Cómo transcurrió el trabajo en los retratos de Juan Pablo II? Es que el Papa es un modelo muy singular, que se distingue de los demás.

Cuando recibí la propuesta oficial para pintar el retrato de Juan Pablo II, me asusté: para mí este mundo era aún nuevo. Empecé a estudiar los trabajos del Papa, su vida, a hacer esbozos durante las audiencias para examinar detenidamente a esa persona. Al fin y al cabo, entendí como pintar al Papa: está de pie como encorvándose bajo el peso de los sufrimientos del pueblo, apoyándose en su cayado y mirando a lo lejos con amor y esperanza. Allí hay un pequeño secreto. Cuando el Papa lo vio, hasta se estremeció por lo inesperado, porque en el cayado se refleja la Virgen con el niño. En realidad,  este es “el tercer misterio de Fátima. A principios del siglo XIX tres jóvenes pastores portugueses proclamaron haber visto una aparición de la Virgen María, quien les confió tres secretos. El tercer secreto de Fátima consiste en que el hombre de blanco, es decir el Papa, se cae. Juan Pablo II percibió en esa profecía el atentado de que fue objeto en el pasado.

Natalia hizo para el Papa tres retratos al óleo. El primero, en ocasión del 80 cumpleaños del Pontífice, que se expone actualmente en los Museos del Vaticano, que guardan también el retrato de Juan Pablo I pintado por ella. El segundo retrato fue encargado por el Centro Cultural Juan Pablo II en Washington, y el tercero fue obsequiado por el Cardenal Stanislav Dziwisz a la Iglesia de Santa María del Popolo de Roma, de la cual es titular.

—¿Cómo reaccionó el Pontífice al primer fruto de su trabajo “conjunto”?

Se me concedió el honor de presentar este retrato durante una audiencia privada con el Papa, a quien el retrato le gustó mucho. El me dijo en ruso: “¿Eres rusa? ¡Viva el arte ruso! ¡Sigue así!”

—Usted también tuvo la suerte de trabajar con el Papa Benedicto XVI, quien asombró al mundo con su inesperada declaración. ¿Personalmente esperaba del Santo Padre una decisión tan sensacional?

No lo esperaba, estaba conmocionada. Algunas personas incluso no lo creyeron, yo lo creí de golpe y hasta no me sorprendí. Tal vez sea yo una persona súper-sensible y lo haya presentido, porque se percibía una atmósfera muy candente. Me sentía feliz trabajando con Benedicto XVI y quiero decir que es una personalidad fuerte y profundamente espiritual, es un hombre de una gran fe y responsabilidad. Pienso que precisamente esta responsabilidad hizo que el Papa diera tal paso, sin ningún tipo de precedentes en el pasado, sin contar tres casos que nada tienen que ver con nuestro tiempo.

—Usted fue la primera mujer que se decidió a pintar su propia  versión de La Última Cena. ¿Por qué en Italia denominan a ese lienzo La Última Cena del Tercer Milenio?

Del Tercer Milenio porque la composición de ese cuadro es muy peculiar. Yo diría que enfoqué desde otro ángulo La Última Cena y Cristo se  vuelve  y nos mira. Pienso que en nuestro milenio Cristo no puede mirar más a los cielos, como en los cuadros anteriores, o al pan, como en La Última Cena de Leonardo, debe mirarnos a cada uno de nosotros como diciéndonos: “¡Qué están haciendo gente, deténganse!” El cuadro fue expuesto en Roma para la Pascua, después en Milán, ahora deberá trasladarse a Nueva York y después a Moscú. Este es mi sueño. La idea consiste en que la fe en Cristo une a personas y continentes.

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