De ahí que la máxima mandataria brasileña le recordara a Barack Obama que ellos conducen las dos democracias más grandes de América. Ni México, ni Argentina.

No fue la primera vez que se cruzaron Dilma y Obama. Ya lo hicieron en marzo del año pasado, en Brasilia, y lo volverán a hacer dentro de una semana en Cartagena de Indias y en poco más, probablemente, en Río de Janeiro. Pero sí fue la primera oportunidad en que Rousseff visitó la Casa Blanca y alcanzó para que reprochara la forma en que los países desarrollados han encarado las respuestas a la crisis mundial. Como lo hiciera recientemente en Alemania, frente a Ángela Merkel, cuestionó las políticas monetarias expansivas de las economías centrales, que están provocando la revalorización de las monedas de los países emergentes y, en consecuencia, dificultando la recuperación de sus economías. En contraposición, reclamó políticas de crecimiento, inversiones productivas e inclusión social.

Los anuncios realizados por ambos gobiernos fueron modestos, como la apertura de nuevos consulados estadounidenses en Belo Horizonte y en Porto Alegre, un avance en la flexibilización del régimen de visas y promociones estudiantiles. Y aunque mantuvieron todas las cordialidades de ocasión, no dejaron de manifestarse las tensiones: los desacuerdos por la cuestión iraní, la crisis siria, el respaldo brasileño al Estado palestino soberano, las pretensiones brasileras para el Consejo de Seguridad de la ONU y el bloqueo norteamericano sobre Cuba.

Pero la mandataria del Brasil fue concreta en su misión. Viajó para promocionar las exportaciones de su país y tratar de equilibrar una balanza comercial deficitaria en más de once mil millones de dólares. Por ello mismo, apeló a un recurso caro al librecambismo norteamericano: la crítica al proteccionismo. Sin embargo, lo hizo invirtiendo algunos términos: aseguró que su gobierno tomó y tomará todas las medidas que sean necesarias para contrarrestar los efectos nocivos de la expansión monetaria activada por los países desarrollados, a la que calificó de “proteccionismo cambiario”.

Los funcionarios brasileños tuvieron oportunidad, además, de recordar las trabas impuestas por la potencia del norte a la exportación de algunos de sus productos, como la carne y jugo de naranjas, al tiempo que no faltó la ocasión de enseñar malestar por la suspensión de la licitación ganada por Embraer para vender veinte aviones Súper Tucanos a la Fuerza Aérea de aquel país. El concurso deberá repetirse y el presidente de Embraer aseguró que espera mantener las ventajas que le permitieron a la compañía brasileña ganar en primera instancia los contratos por más de trescientos cincuenta millones de dólares.

Por supuesto, Brasil también es criticado por sus medidas de protección. En esta oportunidad, el malestar provino de México. Pero en todo caso, se respeta la condición de potencia del país sudamericano. Tanto México como Estados Unidos han convalidado las medidas adoptadas por el gobierno de Dilma Rousseff, lo que contrasta netamente con lo sucedido con Argentina. Estados Unidos acaba de denunciar a este país ante la OMC. México, por su parte, ha acompañado la queja contra el gobierno de Cristina Fernández, en ocasión del pedido argentino de revisión del Acuerdo de Complementación Económica 55 entre el país azteca y los miembros del Mercosur. Claro, no importa que fuera Brasil el primero en solicitar la revisión, que fue finalmente aceptada. Se hace evidente que Brasil está llamado a pisar fuerte en la era mundial que se abre.