“El literato no es un “divertidor”, sino una persona que responde por su conciencia y su deber”. Esta definición pertenece al clásico de las letras ruso, de fama mundial Antón Chéjov. Hoy, 29 de enero, se cumple el 150º aniversario del natalicio del escritor y los festejos relacionados con esta efeméride se celebran en toda Rusia.
Para presenciarlos en la patria chica del Chéjov, Taganrog, a esta ciudad del Sur ruso llega el presidente de la nación Dimitri Medvedev.
Esta fecha memorable es una de las más trascendentales en el calendario cultural internacional del año. Ya hace más de un siglo la creación chejoviana se interpreta en multitud de idiomas, en distintas tradiciones nacionales. Es permisible decir que Antón Chéjov ha pasado una “prueba de eternidad” y siempre será de actualidad.
“Da la impresión de que Chéjov sabía de la vida de hoy más que nosotros”: es difícil no estar de acuerdo, sobre todo para los rusos, con estas palabras del titular de Cultura de Rusia Alexander Avdeev.
En Rusia se ama a Chéjov de un modo singular: este escritor sabe mantener a una persona, darle a entender que la vida es importante y valiosa por sí misma, sin grandes proezas y grandes búsquedas, esclarece Alexander Avdeev. – Chéjov influyó sobremanera en el devenir del pensamiento ruso, del carácter, diría también, en la visión rusa del mundo. Cuando hablamos de la interpretación nacional de los derechos humanos, y en cada país es distinta, en Rusia esta interpretación es chejoviana.
El autor de las obras clave para la dramaturgia mundial del siglo XX: “La gaviota”, “Las tres hermanas”, “Tío Vania” y “El Jardín de los cerezos”, seguramente ni sospechaba que ellas darían lugar a muchos experimentos en el escenario internacional, donde su único rival por el número de escenificaciones sería Shakespeare.
El conspicuo director artístico del teatro “Lenkom”, en Moscú, Mark Zajárov estima que el mundo de arte de Chéjov es algo parecido al océano del planeta Solaris, inventado por el escritor de ciencia ficción polaco Slanislaw Lem: “una reproducción incomprensible de la vida en la Tierra”.
Es el océano de Polaris a donde entras y ves allí nuestras lágrimas y nuestras alegrías, nuestros complejos y nuestros sueños, nuestros actos sabios y nuestras descabelladas, dice Mark Zajárov. – Chéjov se adentró en aquella esfera del arte donde los propósitos pragmáticos: “a qué esto, para qué, cuál es el efecto educativo de todo esto” se desconocen. La trama se sitúa allí donde brilla por su ausencia la relación causa-efecto, donde, de tarde en tarde, huele a alguna anomalía y donde son imposibles sentencias publicísticas. En todo esto está la grandeza de Chéjov como hombre que se aproximó más que los demás “al cosmos”, igual que Gógol y Dostoyevski.
A partir de Chéjov ha comenzado una nueva época en la historia del drama mundial y del teatro ruso. Y hoy día la atracción omnipresente, sin exageración, de su creación se correlaciona con la nueva actualidad de las tareas del arte, tal y como las veía el genial escritor: en vez de respuestas correctas, la “correcta formulación de preguntas”.
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